viernes, abril 27, 2007

Ausencia

hay un tipo en la alameda

lleno de ayer
vacío de mañana
y la recuerda...

que tarda el paso
sin prisa
la quiere...

busca la ausencia
añora sus ojos
la ama...

la oye dentro
anuda su garganta
y llora...

siente su aroma
pero está solo
y camina...

otra lágrima cae
la extraña
y la vuelve a recordar...

viernes, febrero 23, 2007

Pechito

Es muy difícil hacer brindis en un velorio. Hacerlo por el finado y encima con la viuda resultó un acto suicida ya que se trataba de un muerto sin confirmar y sin encontrar, y de una viuda sin ánimos de lucir el luto. Pero le dieron de baja entre los vivos tras agotar más de tres meses de búsqueda en los recodos más insospechados del más acá.
La noticia me trajo mucha nostalgia, al ver la tristeza de la viuda y tomar el vino del brindis prohibido, recordé a Jaimito, quien ocupó por unos instantes ese lugar en mi mente reservado para mis abuelos y bisabuelos que en paz descansen.

Sucede que este mal patriota compartió casi media vida en nuestro barrio y particularmente en mi casa donde siempre era bien recibido, pese a que siempre dejaba la sensación de haberse llevado algo en nuestras narices.

Recordé cuando Jaime o Jaimito llegó a la invasión con una caja de herramientas, un fajo de billetes y proclamando una soltería que a nadie interesaba porque lo vieron algo huachafo y borracho. Compró un terreno el mismo día, y al siguiente apareció con una camioneta de mudanza de la cual después de bajar todos sus trastos salió una mujer escuálida que le dió un beso delante del barrio incrédulo y se presentó como su señora esposa felizmente casada, y madre de dos inocentes que salieron de su falda como pollitos.
La tranquilidad del barrio terminó esa misma semana cuando descubrimos que el nuevo vecino chupaba como vikingo y que no paraba hasta haberse peleado con alguien, aunque todas las veces terminaba pifeado, apaleado, golpeado, insultado y echado como trapo inservible del circulo de bebedores como quien tira un calcetín de tres días.

Aun así Jaime se convirtió en Jaimito por la amabilidad que mostraba en estado sobrio, pero cierta tarde discutimos en la esquina de la ebriedad con tanta pasión que minimizó mi talento mechador por usar anteojos y me retó en la arena. Diciendo haber derribado eminencias del buen golpe en el Callao, La Victoria y El Agustino, se puso malcriado y comenzó a golpearse el pecho gritando: "Yo soy pechito!, yo soy pechito carajo... yo te saco la mierda a tí, a tí y a tí...y a tí también que te estás parando". Eso nos revolcó de risa, inmediatamente le cambiamos de nombrea "Pechito" y lejos de gopearlo entre todos por faltoso decidimos que nadie, nunca más, lo golpearía.

En adelante y los siguientes años fue un vecino que destacó por una habilidad que se diría milagrosa para reparar todo lo que tenga cables y funcionara a corriente.

Recuerdo que un técnico medio fanfarrón quiso cobrarme 150 soles por arreglar mi televisor blanco y negro que se apagó justo en el momento que Predator I se autoeliminaba y no quiso prender más. Fue esa noche que descubrimos el talento de Pechito.
Apenas se fué el técnico, volteó mi tv, la destripó completamente, inclinó la cabeza como hacen los perritos de un lado a otro, tocó aquí, allá, movió un componente, sopló el polvo, fue a su casa, regresó con un cautín, y sacando una piecita de colores me dijo:

- Este es el pendejo...
- ¿Estás seguro? - pregunté.

Me miró y bajamos la cabeza para ver todas las piezas del tv con autopsia. Luego me enseñó su mano con el componente en los dedos:

- Te lo juro por mis hijos.
- ¿Y cuánto cuesta esa vaina? - pregunté preocupado.
- Diez céntimos...

Y así con un sencillo Pechito ganó fama de técnico electrónico titulado en ningún instituto de prestigo. Los equipos eléctricos y electrónicos malogrados inundaron su casa y de a pocos comenzó a ser menos pobre, construyó su terrenito y fué un padre cumplidor, pero sin abandonar el trago y sin dejar de golpear a su mujer.

Fué justo en una noche después de masacrarla, víctima de un arrepentimiento post-golpiza que terminó tomando y orinado, deambulando con su botella por las calles oscuras. Sin encontrarle sentido a su alcohólica vida, se detuvo a tomar de un solo golpe la media botella de aguardiente a ojos cerrados y sin ver el auto que lo dejó inerte por algunas horas.
Lo encontramos en la pista, cubierto de periódicos y rodeado de curiosos. Lo llevaron a la morgue y luego de recibir casi un litro de nuestras lágrimas, se levantó como devuelto del otro mundo, buscando su botella de licor.
Luego de recuperar el aliento lo regresamos a casa. Medio vecindario le quitó el saludo, nosotros no porque lo apreciábamos demasiado, sin embargo nada pudimos hacer para que su economía mejore porque ya nos había arreglado todo y los vecinos prefirieron los técnicos caros para darle un escarmiento a Pechito: El que le pega a una mujer se debe morir, no vale coquetear con la pelona.

De esta manera Pechito lejos de apostar por el trabajo honrado, aprovechó la vulnerabilidad que recordaba de cada casa que visitó como electrónico y adoptó el triste negocio de ratero.
Aunque no le fue mal, ni se sabe que haya sido descubierto, tuvo que migrar a otros vecindarios y distritos, llegando a interprovincializarse en el arte del vaceado de casas, creándose maldita fortuna y reputación, como también envidia de los incautos que nunca se explicaron tanto bienestar económico de un borracho que se orinaba en los pantalones.

Apareció posteriormente narrando sus nuevas hazañas allá en el sur limeño. Lleno de una inocencia sorprendente nos confesó - entre copas como es lógico - que estaba cambiando y que pornto dejaría la mala vida. Incluso habló de un último robo pendiente a una iglesia. Indignados por el atrevimiento lo amenazamos:

- Mal nacido! si lo haces te denunciamos!
- Conosco sus casas... sé que no lo harán - respondió convencido riendo.
- Cómo vas a robar el Santísimo!!!, la copa!!!, la patena!!!... serás más maldito de lo que ya eres!
- Pero no voy a robar eso... - replicó calmado, vaceando en su boca todo el aguardiente de la botella.
- Seguro las reliquias!, los medallones!, los adornos de las estatuas!, te vas a podrir en el infierno, si es que te aceptan, eres una mierda, desgraciado sacrílego!
- Tampoco será eso... - dijo limpiándose la boca con la mano.
Un poco contrariados lo miramos cerrando los puños, esperando una respuesta para evitar persuadirlo por las malas.
- Robaré las campanas... el bronce también vale.

De eso pasó un mes hasta enterarnos que participaba en esa mafia blanca y polvorienta de la coca, en la cual Pechito era contacto estratégico de la selva. No supimos más de él. Su esposa frecuentaba la morgue y destapaba los accidentados en la pista esperando que los tiempos se repitan. Al no hallar respuesta ni consuelo a su dolor ni recursos para buscarlo, decidió darlo por muerto por falta de dinero y de lágrimas.

En un altar se pusieron sus ropas, algunas velas, un par de fotos y una Sarita Colonia un tanto desubicada. Y mientras los ocho concurrentes intentábamos terminar la reunión con un brindis en honor del ausente, desde la calle, a lo lejos, nos sorprendió un espectro tembleque, llevando una botella en la mano:

-Oigan carajo! quién me está velando!

Pechito había vuelto.

jueves, diciembre 14, 2006

Desde el balcón

Lanzo el teléfono a mi cama. Sacudo la cabeza y froto mi rostro con ambas manos, como lavándome. Un hormigueo visceral lleno de recuerdos me asalta desde las entrañas bajo los efectos de una pena desconocida. Tomo un cigarrillo y el encendedor para dejarme llevar hasta el balcón de las reflexiones, allá en el tercer piso, tambaleándome.

Con algunos chasquidos empiezo el tonto ritual de verte en el humo.

Tras la primera bocanada logro proyectar borrosamente tu imagen y alcanzo a verte los ojos llenos de buenos días, de holas, de chau, de nos vemos, de cuidate mucho y tantas frases eternas que no necesitabas decirlas porque ya estaban dichas antes que las digas.

Observo el hilo que asciende desde mis dedos hasta esa noche que no supimos decir más palabras. El caudal de humo es interminable como ese yo te quiero, me gustas, estoy enamorado de ti y del abrazo inmediato que esperé por tanto tiempo.
Descubrimos que la felicidad nos estaba permitida y regalada, supimos que era el fin de algo y el principio de todo.

La ceniza y la nicotina me invaden y remueven aquellas noches en la alameda, las cenas y esas conversaciones que nos hacían inmortales frente a los demás.
Caminatas nocturnas en círculos o de ida y vuelta para evitar ser sorprendidos por tus hermanos. Pero en fín, así te amo te decía, te abrazaba y me coronabas con un beso en la frente. Yo hacía lo mismo y sonreíamos en una noche estrellada de amor. Es bueno sonreír repetías, por eso tal vez lo hago ahora mientras cierro los ojos para dar una pitada bien cargada, me decías te quiero mucho y yo era el más afortunado del mundo. Recordando todo eso aún ahora soy feliz. Minutos más o menos ahí estabamos, prendidos labio a labio burlándonos de los quehaceres del mundo.

Me gusta el olor a cigarrillo, convierte en especial hasta el momento mas simple, tú decias lo mismo. Este momento es simple.

Y en adelante serán simples, porque ya no estás: sólo necesitaste un viaje y una decisión a la distancia... no es fácil, pero seamos amigos dijiste con esa ternura eterna mientras sentí desplomarse mi corazón, sorprendido de aun encontrarme con vida para maldecir esa llamada que nunca debí hacer.

Dejé el teléfono abajo y ahora aquí, sientiendo la brisa de la soledad que regresa a acompañarme burlona veo acabarse mi colilla. Los hilos de humo de un cigarrillo que me supo tan corto como lo nuestro se desvanecen en este momento de tristeza, cómo duele perderte pienso, te amo le digo al viento, porqué lo hiciste pequeña...

Tiemblan mis labios y siento rodar una lágrima, este nudo en la garganta apenas me permite jurarte amor eterno y a mi alma lanzar seguramente el más profundo de los suspiros.
Miro al cielo, levanto el rostro y me ahogo despacio en tu nombre, esperando que los vientos que van al norte lleven este tonto ritual.

sábado, diciembre 09, 2006

Michis!

Ella llegó completamente asustada, garabateada de negro con una cola frondosa y movediza que se dejaba entrever bajo los brazos de mi papá. Miraba curiosa su nueva casa desde la mantita de lana donde la abrazaron para que no escape.
- Ya, ahí esta tu gata... - dijo mi papá aplastando su cabeza, achinándola a más no poder mientras intentaba bajarla de alguna manera que no tuviese miedo.
Luego de una guerra a muerte entre la gata, mi papá y la mantita, finalmente cayó en seco sobre sus cuatro patas. Se nos presentó paradita, toda encrespada, coqueta, una escena conmovedora y llamativa. No se movía, sólo sus ojos grandes y transparentes como bolitas; sus pupilas dilatadas por los seis humanos que la rodeaban la escurrieron de nuestras desesperadas manos para refugiarse detrás del refrigerador, presa de un temor que dejó mal parado al género cazador.

En casa nunca tuvimos gatos, las mascotas siempre fueron perros o perras regalados. "Para que cuide la casa", decía mi mamá cuando tocaba hospedar un nuevo cachorro, porque el anterior o bien comió veneno o bien murió de viejo. Nunca hubo historial felino en casa, influidos por mi mamá y sus premoniciones provincianas que veía en ellos el augurio de una maldición permanente, o por mi papá que se asqueaba de pensar en un pelo de gato incrustado en sus fosas nasales. Cada perro o perra tuvo su historia. Desfilaron Bobby, Kid, Terco, Rubí, Chapita; todos criados con amor y alimentados con las generosas sobras de nuestras comidas, movedores de cola, siempre ladrando una puerta cerrada por dentro porque seguramente en la calle se hubieran llenado de pulgas o quien sabe cruzarse con un chusco. Bien agradecidos les estaremos de mantener alejada la sombra ambiciosa e indeseable del amigo de lo ajeno. Prueba de ello es nuestro jardín abonado con sus excequias, para que -según mi mamá- desde del más allá canino también cuiden la casa.

Aunque protegidos de ladrones vulgares, nos vimos vulnerables ante ladrones de menor tamaño pero grandes en habilidad: ratas. Esos animalitos (muchas veces maldecidos en plena carrera por mi mamá con su escoba que siempre quedaba corta) y sus recuerdos sobre la mesa o dentro de las tazas recién lavadas, acabaron con la poca fatalidad felina que suponía mi mamá. Viendo avergonzada sus ratoneras que amanecían sin queso y sin rata, y habiendo envenenado de casualidad a Chapita, comprendió que sus técnicas no databan de este siglo, que la renovación de astucia es un lujo propio de todo animal, que si no puedes con ellas úneteles era una completa estupidez, y terminó convencida que para cazar una rata superada nada mejor que un gato pendejo.

El deseo del gato pendejo se cumplió años después, cuando una tía muy querida nos regaló sus mascotas. Nadie se explicaba cómo pudo criar en perfecta armonía una gata con un perro juntos, la cosa nos parecía elogiable, pero sin un ratoncito que complete la trilogía perro-gato-ratón todo se convertía en una parodia sin chiste al santo de la escoba.
Así llegaron Pinina y Brandon, ella con mi papá y él en brazos de mi tía. Luego de una lacrimosa y emotiva despedida se fué, repitiendo que dos cabezas de pollo bien chancadas los dejaba más que satisfechos.
El perrito apareció como todo un personaje, apenas llegó se dedicó a olfatear la casa enterita y dar de besos todo el patio, de cuando en cuando se pegaba en una pared, alzaba la patita y mi papá comenzaba con lo de perro cochino de mierda, pero mi mamá más contenta porque era graciosito, peludito y porque el nombre le sonaba al hijo de una vecina que odiaba con todas sus fuerzas. Mi concepción de gata no coincidía con un animal tan bonito, tan bien peinado, tan atigresado ni tan grande "Asu mare, que tal gataza!" fue mi primera impresión.
Al principio eran desalojados de nuestras habitaciones hacia el patio y sus comidas diarias no bajaban de dos kilos de cabeza de pollo y a pesar que sólo la gata era necesaria, Brandon se quedó al ser parte del trato con mi tía: "Es que se han criado juuuuntos...". Además todo ese rollo valía la pena porque las ratas fueron desapareciendo progresivamente y las escenas de espanto encima de la silla también. Nuestras noches se acompañaron de fúnebres chillidos que disfrutábamos porque sabíamos que nuestra aliada cumplía su trabajo; cada desayuno fue menos tormentoso para mi mamá pues al cabo de unas semanas las bolitas negras en sus ollas y tazas desaparecieron totalmente y nunca más se compró veneno.

No supimos cúando exáctamente había terminado la temporada de ratas ni cuántas casas vecinas se beneficiaron con la cacería, hasta el día que descubrimos a la gata bajo la escalera, rodeada de plumas blancas, patitas coloradas y manoteando una cabeza de paloma. Mi papá decía que ellas - las palomas- tenían la culpa por comerse las raciones de Brandon que fue instalado en el techo castigado por ensuciar toda la sala. Como todos estabamos encantados con ésta nueva travesura, nos pareció un razonamiento indiscutible aunque mi mamá siempre católica dedicó por siacaso algunas plegarias en memoria de un ave tan sagrada.

Mientras tanto, nadie pudo predecir que una gata suelta en plaza sin nada que hacer más que lamerse el lomo se había convertido en compañera fugaz de todo el barrio gatuno. Lo sabíamos y lo comprobamos meses después cuando agarró mi cuarto como sala de partos: "Gata de m....". Tiempo después nos vimos desesperados regalando cinco gatitos a quiensea. Lo insufrible era separarlos porque el instinto materno la dejaba gritando dias después de regalar el último. Este trabajo se prolongaba por semanas debido a que nos pedían uno de color negrito cuando todos eran plomos, o pedían con manchitas cuando todos eran de color entero.

Habiendo dejado la casa limpia y el aire sin palomas, la gata tenía la aprobación de cuanto hiciese, le compramos una camita de franela, la llevábamos en brazos, comía carne enlatada, dormía en mi cama, en fin, era una gata sin complejos de inferioridad ni pobreza, hasta que una noche de maullidos y lloriqueos mi mamá la encontró en la sala, rodeada de una veintena de gatos esperando turno y un veintiunavo que no se desprendía de ella por mas escobazo que recibió.
Desde entonces nada de atun, nada de abrazos, nada de camita. Su espacio se redujo al patio y sus comidas a vulgares sobras, no entendí porqué Brandon heredó la misma suerte, lo cierto es que el cariño fue disminuyendo. Parió y regalamos sus crías. Volvió a parir y volvimos a regalar sus crías, de grandecitos claro, cada vez que mi mamá la miraba se alegraba pero sabiendo que ella entendía le lanzaba indirectas: "dónde está tu marido!... una es la cojuda que le mantiene a los hijos no!?... vaya a decirle que siquiera le traiga una rata!". Nos reíamos de la ocurrencia pero sabíamos que en esa discusión se intercambiaban sentimientos de comprensión mutua: de madre a madre.
Pese a las advertencias, nuestra promiscua gata alcanzó fama más allá de sus límites sosteniendo muchas veces memorables disputas con gatas extrañas y totalmente celosas por el arrebato de alguno de sus machos. Y es que fueron más frecuentes las noches de concentración y desenfreno gatuno en la sala que mi mamá, al no lograr sueño con los conciertos que se mandaban los gatos parroquianos, relacionó el hecho con la maldición que históricamente suelen traer. Además era inaceptable que una hembra se deje pachamanquear por cualquiera y que justamente el maldito azar no le dé la certeza de saber de qué color iban a salir sus crías para poder regalarlos, así que por acuerdo general se decidió esterilizarla.

Meses después murió Brandon, víctima de un ataque de pulgas y parásitos. Eso dedujimos al verlo echado de costado como tomando el sol junto al centenar de pulgas que habiendo desalojado su inservible cuerpo, formaban a su alrededor algo así como una negra silueta, al estilo de un crimen gánster.
Tal vez la muerte de Brandon, la esterilizada, la comida basura, la falta de hijos o el desdén que de a pocos recibía, la llevó a la tristeza. Los gatos que fueron echados con agua hervida ya no aparecían, por más cariños que le hacía ya no era la misma, fue perdiendo gracia, su cola empezó a pelarse, y sus garras ya no raspaban, por un tiempo sus orejas se llenaron de costras y los fuera de aqui! y los cállate! se hacían más frecuentes. A las tres semanas de muerto Brandon ella desapareció, pensamos que había vuelto a las viejas andanzas pero después de tres días, que era cuando normalmente regresaba, ya no regresó. Supimos que había entendido su destino en nuestra casa y sabedora de habernos hecho un favor que nunca quiso hacer y una vez cumplida su misión, así como no querer terminar como su compañero, nunca más apareció.

jueves, mayo 18, 2006

Siete de la noche

Era la tercera vez que vibraba mi celular, pero no quise responder porque la profesora nos explicaba lo grave y ofensivo que constituye distraerla en plena clase. Las llamadas no cesaban. Nunca había recibido tantas llamadas juntas, sobretodo de tantas personas distintas en un tiempo tan corto. Me emocioné.
Con el celular vibrando en la mano y la incertidumbre de responder o no, sólo pude levantar la otra mano y pedir permiso para salir del aula, muy apenado (por cierto), en ese momento la profesora invitaba a salir de clase a todo aquel que no esté de acuerdo con su metodología.

Úna vez afuera, respondí.
Era mi hermano:
"Aló... sí ¿Qué pasa? Aquí en el instituto ¿Porqué?... ¿Queeé? !!! Nooo, no jodas... putamadre!!! Si, claro, estoy a dos cuadras... Ya, ya salgo... si ya salgo carajo, esperenme en la esquina. Sí, sí, voy volando."

Tenía poco tiempo, entré sin esperar el permiso de la profesora. Sólo quería salir lo más rápido. Acomodé mis cosas, tratando de fingir calma sin conseguirlo. Pensaba en mi mamá, en mi papá, y en la forma de llegar a la esquina en menos de un minuto. La profesora seguía la cátedra de urbanidad y comportamiento que suelen hacer los profesores para no hacer lo que de verdad deben hacer. Alguien me preguntó "¿pasa algo?" y sólo respondí bajando la cabeza.
Me abrí paso entre las mochilas y carpetas, entre preguntas y reojos que ya inundaban mi mente confundida; por otro lado la clase me interesaba un comino, mucho peor las formalidades de esa profesora que nos exigía aprobación de su pedagogía. Bah que me importa la tia de Investigación...

Bien pude tirarme del edificio, pero tuve mis dudas sobre una buena caída desde el quinto piso donde me encontraba; estaba apurado por llegar a casa mas no al cementerio, así que bajé rápidamente las escaleras de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro, de rodillas, de espaldas, de nalgas... un buen empleado de limpieza me preguntó si estaba bien pero sólo le entendí cuando ya salía corriendo a la esquina donde estaban mis dos hermanos. El mayor me confesó toda su angustia con sólo una mirada, una fumada y un ceja sobre la otra, a la vez que el otro detenía un taxi.

- A Villa el Salvador tio... - Dijo mi hermano, pero el maldito apenas oyó el distrito donde sus colegas regresaron muertos, puso cuarta y nos dejó tirando cintura.

- Para ese... - Dijo el mayor señalando un taxi próximo y ofreciéndome un cigarrillo con otra mano, tal vez para calmar una angustia compartida. Como solidarizándose con mi preocupación. Lo guardé.

- A Villa el Salvador tio... - Esta vez mi hermano se apoyó en el techito del taxi. Mientras el mayor y yo mirabamos otro lado. Después de negociar satisfactoriamente subimos al móvil, rogándo al amigo del volante poner toda su experiencia a nuestro servicio.

El cuerpo me temblaba, los tres temblábamos, el taxi temblaba, el taxista también pero por otros temores; apenas subimos preguntó si teniamos sencillo, si había que pagar peaje, si estaba lejos, si le salía a cuenta ir tan lejos, si podíamos bajar...
Algo incómodos con el señor conductor, tratamos de calmarlo contándole lo sucedido, el motivo de tanto nerviosismo. Por supuesto tuvimos que pagarle y darle propina y decirle que arranque de una vez antes que le arranquemos la cabeza.

Estabamos apurados y esos caprichitos no ayudan, sobretodo en la Via Expresa. Yo me sentía morir de angustia, pensaba mucho en mi mamá, tenía los ojos enrojecidos, abrí la ventana para botar las cenizas y todas pararon en mis ojos, el mayor me miraba de reojo, evidentemente yo llevaría la peor parte. Mi otro hermano miraba las calles, mentando la madre en silencio, llamaba por celular y nadie le contestaba.
- ¿Dónde está la gente cuando se la necesita? - Decía mientras el celular caía para después ser recogido.
- Pisa tio, vuela, vuela! - Decía el mayor con voz trémula, algo llorosa.

Yo no quería hablar, no podía, pensaba que cualquier palabra sería el detonante de tanta impotencia generada ahí dentro, desde que mi hermano recibió esa llamada de mi primo: "Primo ¿dónde estás?, vente rápido, porque te han vaciado la casa..."

Treinta y nueve minutos después, nos enteramos que el chofer era experto para salir de atolladeros pero novato para detectar rompemuelles, pésimo para aliviar penas y el mejor haciendose odiar: "Esos choros siempre barren con todo..." dijo.

Los tres lo miramos al mismo tiempo.
- 'ta mare tío no hables así - dijo mi hermano mayor lanzando su cuerpo hacia atrás. Yo juraría que tenía ganas de golpear a alguien.

En Villa el Salvador hay dos tipos de calles, las paralelas y las perpendiculares, desde que nací he creído que es difícil perderse. Es como un cuaderno cuadriculado. Te puedes extravíar, pero si caminas de frente, tarde o temprano llegarás a una avenida donde puedas tomar tu micro y regresar a tu casa, por consiguiente tu corazón tambien regresará a su sitio.
Gracias a esta disposición de calles, el chofer dio con el camino, y nos llevó sin hacer más preguntas, pero sin abandonar los desubicados comentarios.

El nerviosismo y la espectativa (y el conductor) nos tenían al borde de la desesperación y si no fuera por los cigarrillos dudo si habríamos permanecido quietos.
Para suerte del chofer, los cigarrillos se acabaron justo cuando llegamos. Muchas cabezas asomaron por las ventanas del barrio al ver tres bultos saliendo de un tico.

Mis tíos estaban en la entrada intentando reparar la chapa, y nos miraban curiosos, trataban de calmarnos y les hicimos creer que lo estábamos. Preguntamos por mi mamá y ella no estaba, no estuvo en el momento del robo. Nadie estuvo.
Oí eso y dejé ir toda mi angustia porque ya no me servía, mi mamá estaba bien; mucha pena sí sentí, ver a mis hermanos con cara de tristeza, sentí mucha impotencia también... Paseba por mi casa y no lo podía creer, es decir, sí podía creerlo, pero me molestaba tener que hacerlo. Una vecina (de las infaltables) dijo que fueron tres tipos, que fué como a las 7 de la noche, que traían revólver, que llamó al 105 pero no contestaban, que nos tranquilicemos.
Por mucho tiempo, como buen idealista e iluso creí que éramos invulnerables, que a la redonda podrían robar en muchas casas pero en la nuestra no. "Idiota" me dije a mí mismo, con ver los espacios vacíos de las cosas que ya no estaban, sentía muchas sensaciones irreprimibles que sólo se sienten cuando te roban la casa. Ver la casa desordenada y pensar que sólo minutos antes alguien que no pertenece a ese espacio, ha pisado exáctamente el mismo lugar para violarlo, robarlo, que ese lugar ya perdió toda la intimidad que por mucho tiempo mantuvo. Todo eso genera repulsión hacia esas personas, y en mi caso simplemente decidí no pensar más en ellos. Mis padres quedaron sin entretenimientos, yo sin herramienta de trabajo.
Era de noche y debíamos dormir pero creo que nadie lo hizo, alguien formalizó la denuncia, un tío reparó la chapa de la puerta y al fin pudimos cerrarla.
Subí al techo, encendí el cigarrillo que había guardado, repasé todas esas frases que se usan en momentos así, buscando consuelo interior, convencerme que son cosas que pasan, que nadie está libre, que asi son esos malditos, que estamos con vida y es lo que debe importar, pero descubrí que a pesar de saber todo eso sigo siendo materialista.

jueves, marzo 23, 2006

Ñam, ñam

Siempre he creído que la idea del hijo perfecto (para mis padres) se veía plasmada en una especie de pacman desesperado sin oponentes ni más obstáculos que un laberinto de cuatro paredes semejantes a los de un comedor. No es para menos, las enfermedades según se oye de generación en generación abrazan a los niños escualidos que simplemente no comen o comen mal. Estas ideas que pueden parecer preventivas e inofensivas, ahondaron en la mentalidad de mis padres a principios de los setentas, quienes no descansaron ni un minuto para ofrecernos más que una buena alimentación, una excusa para nunca jamás enfermarnos ni morir de inanición.

Las nostalgias que se intercambian hoy en mi habitación permiten a cualquier individuo con la habilidad de pensar, darse cuenta que ninguno de mis hermanos mayores logró satisfacer ese sueño del hijo voraz. Según escuchaba, el primero no pasaba del biberón y dificilmente se acostumbró a la leche super archi extra ultra enriquecida que en resumidas cuentas no logró ese niño gordito y rechoncho que decía en la etiqueta y que mis padres esperaban. Muchos fueron los cucharones y los platos que volaron por su cabeza al no comer los tazones de sopa en tiempo record y tantos los resondrones recibidos, que lejos de convertirlo en el papeadito y rollizo heredero deseado, lo hizo terminar en el trago, sumergido en la más profunda añoranza de una infancia llena de comida que jamás pudo comer porque en verdad jamás le gustó la comida que desde pequeño le suministraron.

Tal vez (supongo) pensaron que ante el fracaso viene la reivindicación, e hicieron lo posible y lo permitido por su economía en aquellos tiempos para moldear a mi otro hermano bajo las mismas espectativas, pero obtuvieron resultados mas que contradictorios, pues lo único conseguido fue su huida por muchos días so pretexto de querer experimentar por primera vez lo que era el hambre.

Escuchando en mi habitación las incidencias de tales resultados y a la vez constatando que lo recibido por los padres no siempre es lo mejor, decidí seguir escuchando pues era lo único que podía hacer.
A Dios gracias mis hermanos enfermaron de lo que todo ser humano acostumbra enfermar durante su infancia, adolescencia, juventud, adultez y sanaron y fueron felices comiendo moderadamente. Pero durante este trayecto mis padres encendieron la fábrica creyendo en que uno es ninguno, dos es la voz y tres ¿a ver cómo es? dando como resultado el más sumiso de los hijos que respondía siempre en forma afirmativa todo bocado, papilla, juguito, sopita y demás barbaridades que puede soportar un infante sin más aspiraciones que un refrigerador repleto de comida durante toda su vida.

Todos felices esperando lo inesperadamente obvio durante más de veinte años, cierta madrugada de Marzo cuando un ardor interno en el hombre mas robusto y saludable del mundo despierta a la familia entera, convulsionando, revolcándose desesperado por un fuego que no era pasional sino estomacal, recibiendo la factura de una vida seducida por la gula.

Días después me encuentro en mi habitación postrado, lo que se dice guardando cama; al lado, el informe de una gastritis crónica y una vesícula llena de piedras como un volquete, frente a mi están los responsables indirectos de mi estado fatal, mirándome, felices de tenerme aqui y no más allá, y por dentro un fuego que se apaga lentamente, que apaga a la vez todo intento suicida de volver a convertirme en un pacman.

jueves, diciembre 29, 2005

Paradoja

Las paradojas de la vida resultan menos dolorosas cuando son pasajeras, cuando el cuerpo encallecido de experiencia acepta que lo nuevo malo no es tan nuevo ni malo sino "una más", "una para tu libro", "como las huevas", "estoy acostumbrada", "normal pe"...

Eso decía Carla la noche del viernes, hace unos meses, junto a sus mejores enemigas cuando pidieron dos cervezas por la amistad y luego dos más por favor dos más que por ellos queremos brindar y luego dos más papacito que estas buenazo y luego trae la chela huevón que aqui hay plata como mierda para eso me rompo la espalda y luego la cuenta y luego a la calle a volar por un mundo de zombies de cuatro cabezas y cuatrocientas patas y calles llenas de garabatos, neblinas y ruidos que penetraban hasta el último nervio cerebral dejando abandonado el cuerpo y el corazón en las garras de un mototaxista nada tonto, nada bueno...

-¡Habla flaca, donde vas!
-No sean malas, vamos a mi casa primero! - dijo Carla cuando de ellas sólo quedaban recuerdos entre las nubes de sus ojos.
-Oe chibola, te van a cuadrar, sube.
-Pucha mare, ahora cómo me voy, ¿cómo me van a dejar aquí? tanto que las quiero carajo... no jodas oye.. me voy caminando, no jod.. brrp
-¿Ves esa mancha?, te van a cuadraaar, sube chibola ¿donde vives? - dijo haciendo una choza en su cabello.

Los músculos de Carla se desvanecían y perdían la coordinación de su delgadez y de su cabeza fermentada por un amor falso y muchas botellas de cerveza. Apoyada contra un árbol echaba sus últimos suspiros de sensatez mezclando amor propio y vómitos para luego abrazar el viento, los recuerdos, el asiento de la moto, su cartera, el sueño... El ruido del mototaxi no invitaba más que apretar los párpados, a soñar.

Soñaba, no podía hacer más. Se veía recostada en un campo, dibujada por manos desconocidas, trazando sobre su figura escenas obscenas que la desgarraban de todo lo que traía encima. Era una aventura, no quería escapar, un vaivén agitado por la fuerza desplazaba su cuerpo desnudo y embriagado. Y los recuerdos de dos cajas de cerveza se mezclaban con la imagen del maldito tramposo que se tiró a su amiga, y era tan dificil ver entre las nubes del inconsciente que terminó apostando su destino al cielo lleno de estrellas en ese campo desolado donde la ciudad a lo lejos ya recibía los primeros rayos del amanecer. Y el vaiven era tan rico y asqueroso como lo fueron despúes sus paradójicos chispazos de incertidumbre: ¿dónde estoy?...

El mototaxista la miraba con extrañeza y cierta ironía. Aún dormía, eso era bueno, pero no había tiempo que perder, le daba pena dejarla, pero las cosas son así, usar y desechar. Se estacionó exactamente en el mismo lugar...

- Oye flaquita donde vas...- ¿Flaca donde vas?
- Oye amigo ¿dónde estoy?... - preguntó Carla totalmente ebria y sin abrir los párpados.
- ¿No te acuerdas?, dime donde vas, sino bajate.
- Ah?, aqui a la vuelta, ferretería. - y escupió sobre sus zapatos.
- No pasa nada, chibola...no es mi ruta - dijo ubicándola con el espejo retrovisor y sonriendo.
- Ay mi cabezaaa , si es a la vuelta, aca nomás amigo...

El mototaxista se acomodó el cabello, arregló su camisa y abrió la puerta trasera.
- Bajate chibola, no voy, estas cerca. Y ten cuidado que ya esta amaneciendo.

Al decir esto subió sonriendo de su suerte, metió primera, segunda y dejó frente a ella la desgracia expresada en una nube oscura, que confundió con las nubes de la madrugada que le otorgaron la conciencia necesaria para caminar y no caer. Y lentamente tambaleando llegó a casa, encontrando mas zombies de cuatrocientas patas, gritando, jalando sus moños, que por que llegó tarde , que estaba castigada y nunca más le darían permiso, las voces de siempre; "ya estoy acostumbrada... como las huevas" pensó y se dejó morir por un sueño impostergable.

Carla nunca más recordó los tragos ni la borrachera de ese viernes, tampoco al mototaxista. De esa noche fatal sólo quedaron algunos recuerdos vagos, quedaron "para su libro" nuevas experiencias y algunas paradojas inexplicables como lo que lleva en sus brazos, nueve meses después.