Era la tercera vez que vibraba mi celular, pero no quise responder porque la profesora nos explicaba lo grave y ofensivo que constituye distraerla en plena clase. Las llamadas no cesaban. Nunca había recibido tantas llamadas juntas, sobretodo de tantas personas distintas en un tiempo tan corto. Me emocioné.
Con el celular vibrando en la mano y la incertidumbre de responder o no, sólo pude levantar la otra mano y pedir permiso para salir del aula, muy apenado (por cierto), en ese momento la profesora invitaba a salir de clase a todo aquel que no esté de acuerdo con su metodología.
Úna vez afuera, respondí.
Era mi hermano:
"Aló... sí ¿Qué pasa? Aquí en el instituto ¿Porqué?... ¿Queeé? !!! Nooo, no jodas... putamadre!!! Si, claro, estoy a dos cuadras... Ya, ya salgo... si ya salgo carajo, esperenme en la esquina. Sí, sí, voy volando."
Tenía poco tiempo, entré sin esperar el permiso de la profesora. Sólo quería salir lo más rápido. Acomodé mis cosas, tratando de fingir calma sin conseguirlo. Pensaba en mi mamá, en mi papá, y en la forma de llegar a la esquina en menos de un minuto. La profesora seguía la cátedra de urbanidad y comportamiento que suelen hacer los profesores para no hacer lo que de verdad deben hacer. Alguien me preguntó "¿pasa algo?" y sólo respondí bajando la cabeza.
Me abrí paso entre las mochilas y carpetas, entre preguntas y reojos que ya inundaban mi mente confundida; por otro lado la clase me interesaba un comino, mucho peor las formalidades de esa profesora que nos exigía aprobación de su pedagogía. Bah que me importa la tia de Investigación...
Bien pude tirarme del edificio, pero tuve mis dudas sobre una buena caída desde el quinto piso donde me encontraba; estaba apurado por llegar a casa mas no al cementerio, así que bajé rápidamente las escaleras de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro, de rodillas, de espaldas, de nalgas... un buen empleado de limpieza me preguntó si estaba bien pero sólo le entendí cuando ya salía corriendo a la esquina donde estaban mis dos hermanos. El mayor me confesó toda su angustia con sólo una mirada, una fumada y un ceja sobre la otra, a la vez que el otro detenía un taxi.
- A Villa el Salvador tio... - Dijo mi hermano, pero el maldito apenas oyó el distrito donde sus colegas regresaron muertos, puso cuarta y nos dejó tirando cintura.
- Para ese... - Dijo el mayor señalando un taxi próximo y ofreciéndome un cigarrillo con otra mano, tal vez para calmar una angustia compartida. Como solidarizándose con mi preocupación. Lo guardé.
- A Villa el Salvador tio... - Esta vez mi hermano se apoyó en el techito del taxi. Mientras el mayor y yo mirabamos otro lado. Después de negociar satisfactoriamente subimos al móvil, rogándo al amigo del volante poner toda su experiencia a nuestro servicio.
El cuerpo me temblaba, los tres temblábamos, el taxi temblaba, el taxista también pero por otros temores; apenas subimos preguntó si teniamos sencillo, si había que pagar peaje, si estaba lejos, si le salía a cuenta ir tan lejos, si podíamos bajar...
Algo incómodos con el señor conductor, tratamos de calmarlo contándole lo sucedido, el motivo de tanto nerviosismo. Por supuesto tuvimos que pagarle y darle propina y decirle que arranque de una vez antes que le arranquemos la cabeza.
Estabamos apurados y esos caprichitos no ayudan, sobretodo en la Via Expresa. Yo me sentía morir de angustia, pensaba mucho en mi mamá, tenía los ojos enrojecidos, abrí la ventana para botar las cenizas y todas pararon en mis ojos, el mayor me miraba de reojo, evidentemente yo llevaría la peor parte. Mi otro hermano miraba las calles, mentando la madre en silencio, llamaba por celular y nadie le contestaba.
- ¿Dónde está la gente cuando se la necesita? - Decía mientras el celular caía para después ser recogido.
- Pisa tio, vuela, vuela! - Decía el mayor con voz trémula, algo llorosa.
Yo no quería hablar, no podía, pensaba que cualquier palabra sería el detonante de tanta impotencia generada ahí dentro, desde que mi hermano recibió esa llamada de mi primo: "Primo ¿dónde estás?, vente rápido, porque te han vaciado la casa..."
Treinta y nueve minutos después, nos enteramos que el chofer era experto para salir de atolladeros pero novato para detectar rompemuelles, pésimo para aliviar penas y el mejor haciendose odiar: "Esos choros siempre barren con todo..." dijo.
Los tres lo miramos al mismo tiempo.
- 'ta mare tío no hables así - dijo mi hermano mayor lanzando su cuerpo hacia atrás. Yo juraría que tenía ganas de golpear a alguien.
En Villa el Salvador hay dos tipos de calles, las paralelas y las perpendiculares, desde que nací he creído que es difícil perderse. Es como un cuaderno cuadriculado. Te puedes extravíar, pero si caminas de frente, tarde o temprano llegarás a una avenida donde puedas tomar tu micro y regresar a tu casa, por consiguiente tu corazón tambien regresará a su sitio.
Gracias a esta disposición de calles, el chofer dio con el camino, y nos llevó sin hacer más preguntas, pero sin abandonar los desubicados comentarios.
El nerviosismo y la espectativa (y el conductor) nos tenían al borde de la desesperación y si no fuera por los cigarrillos dudo si habríamos permanecido quietos.
Para suerte del chofer, los cigarrillos se acabaron justo cuando llegamos. Muchas cabezas asomaron por las ventanas del barrio al ver tres bultos saliendo de un tico.
Mis tíos estaban en la entrada intentando reparar la chapa, y nos miraban curiosos, trataban de calmarnos y les hicimos creer que lo estábamos. Preguntamos por mi mamá y ella no estaba, no estuvo en el momento del robo. Nadie estuvo.
Oí eso y dejé ir toda mi angustia porque ya no me servía, mi mamá estaba bien; mucha pena sí sentí, ver a mis hermanos con cara de tristeza, sentí mucha impotencia también... Paseba por mi casa y no lo podía creer, es decir, sí podía creerlo, pero me molestaba tener que hacerlo. Una vecina (de las infaltables) dijo que fueron tres tipos, que fué como a las 7 de la noche, que traían revólver, que llamó al 105 pero no contestaban, que nos tranquilicemos.
Por mucho tiempo, como buen idealista e iluso creí que éramos invulnerables, que a la redonda podrían robar en muchas casas pero en la nuestra no. "Idiota" me dije a mí mismo, con ver los espacios vacíos de las cosas que ya no estaban, sentía muchas sensaciones irreprimibles que sólo se sienten cuando te roban la casa. Ver la casa desordenada y pensar que sólo minutos antes alguien que no pertenece a ese espacio, ha pisado exáctamente el mismo lugar para violarlo, robarlo, que ese lugar ya perdió toda la intimidad que por mucho tiempo mantuvo. Todo eso genera repulsión hacia esas personas, y en mi caso simplemente decidí no pensar más en ellos. Mis padres quedaron sin entretenimientos, yo sin herramienta de trabajo.
Era de noche y debíamos dormir pero creo que nadie lo hizo, alguien formalizó la denuncia, un tío reparó la chapa de la puerta y al fin pudimos cerrarla.
Subí al techo, encendí el cigarrillo que había guardado, repasé todas esas frases que se usan en momentos así, buscando consuelo interior, convencerme que son cosas que pasan, que nadie está libre, que asi son esos malditos, que estamos con vida y es lo que debe importar, pero descubrí que a pesar de saber todo eso sigo siendo materialista.